Se trata de una de las variedades más olvidadas por los consumidores de vino, pero una de las más alabadas por la crítica vinícola, que incluso la considera una de las reinas de las variedades blancas.

Hablar de vino alemán es sinónimo de hablar, obligatoriamente, de la variedad de uva riesling. Una cepa muy representativa del país, que se produce en las laderas del río Rin y, sobre todo, en una de las zonas más emblemáticas de la viticultura alemana, el Valle del Mosela, uno de los afluentes del Rin. Esta uva surgió en Rheingau hacia el siglo XV, concreteamente en la localidad de Hochheim. Se ha llegado a comprobar que el origen de esta variedad está ligada a otras variedades de origen europeo como Chardonnay o Gamay, entre otras. El nexo que las une es la variedad rústica Heunis o Gouais, que actualmente solo se produce en pequeños reductos suizos.

Aunque se trata de una variedad con un inconfundible origen y carácter germano, se ha extendido ya por Europa, destacando su producción en Francia (en la zona de Alsacia) o Austria. Ha llegado incluso a albergar grandes extensiones de plantación en Estados Unidos o en Australia. El estado de Washington y el de Nueva York destacan por la producción de vinos riesling dulces y secos.

Los vinos de riesling destacan por su acidez, y por sus aromas a lima, manzana, naranja o nectarina, dependiendo de las condiciones climáticas en las que se haya desarrollado la uva. Se vinifican sin madera y se elaboran desde vinos muy dulces, hasta vinos muy secos, pasando por una gama intermedia. Los vinos elaborados a partir de esta variedad de uva tienen una peculiaridad, y es que se embotellan en un tipo especial de botella denominada Rhin.

La variedad es de maduración tardía, de tamaño pequeño y con un destacable color amarillento. Se trata de una uva que refleja a la perfección el terroir. Es capaz de trasladar los aromas del viñedo y las características del suelo, a la copa. Es, además, una variedad muy resistente a las temperaturas, por ello produce una extensa gama de vinos, desde los vinos de hielo llamados “eiswein”, elaborados a base de uvas congeladas, hasta los afamados vinos dulces naturales, producidos a partir del desarrollo del hongo Botrytis cinérea.

Cada vez son más los que destacan el nexo de unión entre la uva y el suelo en el que es cultivada. Un aspecto fundamental porque la actividad microbiana presente en los suelos transfiere unas características únicas que aportar un carácter genuino al vino. ¿Todavía no conoces la comunidad microbiana del suelo de tu viñedo a tus vinos? ¡Descúbrelo con WineSeq!